Postales Malgaches

Artículo publicado en Relatos en tiempo de Pandemia.

Desde mi ventana se ven palmeras y cipreses. En el plano de mi encierro se conjugan lo tropical y lo mortuorio como si de una postal malgache se tratara. Al otro lado de esta casita con techo a dos aguas se filtra la luz, desde un ojo de buey, que da a un parque infantil clausurado. La luz llega a través de una verja y, ya de noche, me acompaña el baqueteo constante de la lluvia en la contraventana. Llueve y mi padre no tiene que preocuparse por si mañana tendrá que ir a trabajar. A mí me preocupa él, que será autónomo hasta que los huesos se le calen o la energía le deje. 

Hubo de ser Foucault uno de los primeros que nos invitó a repensar la penitencia carcelaria, debimos tener otra fiesta más importante y perdimos la oportunidad. No dejo de leer sobre jaulas, zoos y celdas y eso que aún nos dejan elegir cómo gestionar nuestro tiempo y nuestras comidas. Fue Unamuno en Niebla  quien otorgó a su protagonista el dudoso honor de dejar que un perro decidiese su deriva. Alguien escribió que la ficción sólo sirve para que la realidad la supere.

Pienso en todos esos enamoramientos incipientes que la cuarentena cortó de raíz. En todas esas botellas de vino que quedaron sin compartir. Historias que, como pompas de ilusión, acabaron chocando con una puerta cerrada. En todas esas cenas que no pasaron del libro de reservas. En todos los fuegos que se apagan en un momento en que la actividad de Tinder aumenta, para demostrar que importa más sentirnos foco de atracción que el propio efecto de esta. No crean que todos mis pensamientos se centran en historias rotas, en papel mojado. También han podido llegar a mis oídos historias algo más avanzadas, más maduras, más reposadas. Parejas que estudian en qué pasillo del súper verse a eso de las ocho, ya saben, para camuflarse entre los aplausos. Otras que, primerizas, han aprovechado para amotinarse en un piso, en lo que pensaban sería todo pasión y lujuria y se dieron de bruces con la convivencia. 

Pienso en esto pocos días después de que me llegue el vídeo de la boda de Andrea y Mikel. En octubre tardé dos semanas en escribir la crónica porque no me veía a la altura. A posteriori, puedo confirmar mis peores presagios, nunca lo estuve. Puedo admitirlo porque me cautivaron los “te quiero” que Mikel parece susurrar cada vez que habla de Andrea. Se caen con el peso propio de lo intangible hasta germinar en lo más húmedo de ciertos lacrimales.

Envidio ciertamente a amigos capaces de escribir a diario en estos momentos. Llevo cuatro jornadas rumiando este texto y no creo que nunca me convenza. Fitzgerald escribió algo así como que un genio es aquel capaz de decir lo que está en su cabeza (perdonen que no me levante a comprobarlo), de ahí que yo esté muy lejos de estar en ese club. Después de Woody Allen en Annie Hall han parafraseado mucho a Groucho Marx, permítanme no unirme tampoco a esa lista.

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