Cosas que me han hecho feliz esta semana I

Lectora en un quiosco.

Sería pretencioso decir que esta idea es completamente mía. El germen de este artículo no es otro que las pequeñas listas semanales que publica Javier Aznar en Vanity Fair. Espero no le moleste que manipule, altere y manosee su formato para adaptarlo a este rinconcito en el que me dejan publicar. El próposito final de esta lista sin numeración no es otro que valorar todo lo que ha prolongado una sonrisa en mi semana. No sé si continuará después de este período extraordinario, imagino que dependerá de su acogida.

Comenzó la felicidad semanal con P. al otro lado de la pantalla. Los abrazos no siempre se dan físicamente, a veces, sólo basta con crear un remanso de paz, una balsa de aceite. Las ideas, los pensamientos, las reflexiones fluyen, cambian de forma, no se destruyen ni se crean, como la materia. Ese día la felicidad llegó de la mano de la confianza. Les explico, ciertas ideas se amotinan una noche y acaban formando como tropas romanas; días más tarde acaban en un cuaderno, manuscritas, para evitar la tentación de compartirlas en un consumo rápido –fast ideas – , y acaban sueltas en una conversación, libres en una parcela de confianza, dotándolas de la realidad que implica la verbalización y la compresión de otra persona.

A veces, cuando me enturbio y quiero dejar de pensar abro cualquier plataforma y pongo una romcom. No hace falta que sea una buena película, mejor si no lo es. Dejo el móvil a un lado, río de vez en cuando y me quedo en blanco un par de horas. Esta vez fue ‘Ni en sueños’. Puede pasar que, tras uno de estos espacios libres de publicidad, acabe en mis notas algún texto o párrafo potable. Días más tarde suelo acabar el artículo y qué alegría cuando uno de esos textitos pandémicos me reportó la crítica de una ávida lectora a la que tengo en tan alta estima que intento evitar pensar que me lee.

El viernes me desperté con una canción de El Kanka, una de esas aportaciones culturales que resistirán a la cuarentena. Llegó cargada de imágenes de una Málaga feliz que vive en mis recuerdos y que me ha hecho como universitario de bien. A decir verdad, esa curva no fue causa directa de la canción, sino de poder compartirla. Sabéis quiénes sois.

El sábado salió el sol, un sol radiante, aleccionador, tropical. Yo salí al patio para reencontrarme con él y leer un irreverente libro de Beigbeder. En el patio de al lado mis vecinos jugaban a algo que no hacía demasiado ruido. Me dejaban escuchar a los pájaros cantar. A mi patio llegan vocecillas de pájaros siempre que no es verano y la piscina parece un parque acuático. Cuando llevaba unas cincuenta páginas el sol se va, recordándome que tengo que ponerme la camiseta. Una vecina que no ha llegado a la pubertad pasa al otro lado de las hiedras que delimitan mi parcela con el jardín comunitario. Este año el rosal no ha florecido. Vuelvo a ser consciente de lo privilegiado que soy –si es que alguna vez lo había olvidado– . No puedo quejarme, no quiero quejarme. Sigo leyendo.

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