Cosas que me han hecho feliz esta semana IV

El lunes fue el cumpleaños de P. y lo fácil hubiese sido decirle cuál era su regalo, a nosotros nos gusta jugar a adivinarlo. Hemos convenido sin tener que verbalizarlo que nuestros regalos son siempre libros. Ahora quiero que lea a Queneau, pero creo que no le entusiasma demasiado la idea. Para darle pistas comenzaba todas las frases con: “Sostiene Jorge…”, aunque no surtió ningún efecto. Era de esperar si no conocía el título. El último viaje que hice con P. fue a Lisboa, comimos bacalao y brindamos con blanco. De vez en cuando me recuerda cuánto le gustaba el hotel que encontré. Lisboa es de esas capitales europeas en las que aún ves a gente pasear –que no andar o trotar–. Tengo muchas ganas de volver a Lisboa, comprar claveles y hacerme fotos con azulejos de fondo que mandar a revelar al volver a casa.

Hacía más de cinco años que no contactaba con R. Desde que volvió a Paraguay, en realidad. A ella se le ve igual en las fotos que cuando empacó sus cosas para estar cerca de su familia. Me cuenta que lleva dos años trabajando de lo suyo mientras termina la carrera. Siempre quiso estudiar Derecho. En estos cinco años a mí me han crecido la barba, las ideas y algo de amour propre.

P.* se ha acordado de mí al ver a un crush (mío) en el paseo marítimo (los paseos marítimos son los nuevos bares, pero con una distancia social –física– que mira al mar). Imagino que la ha mirado como hubiese hecho yo, en estos casos los amigos no pueden ser más que una extensión de tu propio cuerpo sin saberlo. Además llevaba unas gafas de sol que seguro le aportaba un punto interesante a su look. Seguramente, ella no se ha percatado de la presencia de P. y, en caso de haberlo hecho, no nos habrá relacionado.

La única relación platónica e idealizada que he sido capaz de mantener en el tiempo ha sido con las librerías. No hace demasiado que mi prima está en Viena. Tampoco hace tanto que mantenemos contacto con frecuencia. Ahora me gustaría que esta se incrementase, también que hubiésemos descubierto antes todo lo que tenemos en común. En Viena le cuesta encontrar mis recomendaciones, pero qué bonito es escucharla cada cierto tiempo. Me cuenta que ha encontrado una librería en la que tienen algunos libros en español, no son muchos, pero suficientes para no depender de internet. Me gusta imaginar que cada vez que la ve entrar el librero sonríe porque sabe a qué sección se va a dirigir y que piensa en ella cada vez que compra libros en español.

Es sábado, encendemos la barbacoa. El domingo es el vigésimo primer aniversario del nacimiento de mi hermano. Deja de tener restricciones para la ingesta etílica en todo el mundo. Es decir, ya puede cogerse un pedal en Estados Unidos y comprar él mismo el alcohol. El vodka ruso con el que brindo es suave en boca, no lo será en el hígado. Mis padres nos cuentan cómo se conocieron. Él llegaba de Málaga y vivía solo en un apartamento cerquita de la playa. Llevaba el pelo abullonado y camisas de leñador. A mi madre no le llamó la atención, o eso le decía a su amiga, que, sin ningún tipo de discreción, decidió presentarlos sólo a ellos dos ante una decena de personas. En los anaqueles caían hojas de octubre. Para navidad dejó de fijarse en si él tenía los ojos azules o vestía camisetas de publicidad. Seis años más tarde se casarían.

El domingo por la tarde encendemos las velas. La tarta es suave (casi tanto como el vodka) y espumosa, no empalaga. A. no sale bien en las fotos, ve una cámara y fuerza la sonrisa, se tensa como si fuesen a dispararle. A punto de acostarme echo un vistazo a mi habitación y sólo veo recuerdos de la primera adolescencia. Miro a la librería y pienso en todos los libros que decidiré que no me acompañaran allá donde vaya porque no les volveré a encontrar interés para una revisita. Páginas que sólo serán recuerdos, opciones pasadas.

*Sí, en este artículo hay más de una P., son personas distintas, siento mucho relacionarme sólo con gente con la misma inicial. Prometo que, al salir a la calle, intentaré hacer amigos con vocales menos frecuentes, como la Ñ o la X, aunque sólo sea por mis lectores.

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