«Hay un fusilado que vive»

Crítica de ‘Operación Masacre’, Rodolfo Walsh (Ed. Libros del Asteroide)

Rodolfo convirtió la realidad en su obra maestra

Mario Benedetti

“Hay un fusilado que vive”, cayó sobre el oído de Rodolfo Walsh en 1956. “Hay un fusilado que vive”, empezó a escuchar el periodista mientras buscaba a aquel desdichado que deambulaba entre la vida biológica y la muerte administrativa. “Hay un fusilado que vive”, comenzó Rodolfo su reportaje por entregas que le cambiaría la vida. Veintiún años más tarde engrosaba las listas de desaparecidos durante la dictadura militar argentina.

Con sólo diecisiete años Rodolfo Walsh empezó a trabajar en una pequeña editorial bonaerense, primero como corrector y después como traductor de un género que más tarde haría suyo: el policial. Sería muy aventurado decir que ese trabajo guió su carrera hacia ‘Operación Masacre’ y su estilo narrativo, pero es ineludible citar la carga del género negro en el reportaje por entregas que se publicó en el diario ‘Mayoría’ y que nunca fue pensado como un libro hasta una vez publicado. La obsesión de Walsh con el caso fue tal que hasta su muerte siguió añadiendo anotaciones y sumando historias, con el inquebrantable propósito de arañarle centímetros al muro que lo separaba de la verdad absoluta. Es tan fiel el periodista en su relato que puntualiza aquellos matices que no han podido ser contrastados por segundas fuentes o aquellos datos a los que él y su compañera Enriqueta Muñiz son incapaces de llegar.

La historia está narrada en pequeñas entregas, capítulos cortos; jugando con la voracidad que crea en el lector ávido de saber más. Walsh es un auténtico productor de hype en un tiempo en el que el marketing no era siquiera un sueño húmedo de los capitalistas. Walsh corre por la historia a gran velocidad, pero con toquecitos cortos, con el balón siempre pegado al pie. Como los grandes futbolistas argentinos. A pesar de que se hace dueño y señor del capítulo corto (no más de cinco páginas por cada uno) se gusta con las descripciones muy pormenorizadas, cercanas al naturalismo. Pese a ello el texto en ningún momento pierde el pulso, demostrando la gran maestría del periodista.

Su estilo se caracteriza por lo económico, que no por lo reducido; tiene reminiscencias de la poesía donde ninguna palabra es baladí. Como Pla, Walsh parece buscar siempre el adjetivo adecuado y siempre consigue encontrarlo. Llama la atención que el autor uso indiferente e intermitente de la primera y la tercera persona, usando la tercera para aquellos efectos de narrador omnisciente (poseedor de la verdad) y la primera para todo aquello que parte de su subjetividad o aquellos datos en los que no siente una confianza inquebrantable. La humildad del periodista reside en esa primera persona, en la fragilidad de lo subjetivo, al contrario de lo que piensan muchos, que la relacionan con el ego del que goza la tercera persona en la narración.

Estas profundas descripciones juegan muchas veces con los ámbitos de la psicología y la sociología, siendo difícil encontrar la línea roja que separa el trabajo del periodista con el que se ejerce en un diván. En este sentido, agradece el escritor a Enriqueta Muñiz: “Simplemente quiero decir que en algún lugar del libro escribo ‘hice’, ‘fui’, ‘descubrí’, debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’”; a pesar de esta aclaración en el prólogo la única firma que aparece en la portada es la de Rodolfo Walsh.

La estructura del libro es soberbia, las 226 páginas parecen cincuenta por la velocidad de la lectura y, he de decir, el prólogo que firma Leila Guerrero es magnífico, pese a estar alejado de la literatura a la que nos tiene acostumbrados en sus perfiles. Se nota la lejanía del trabajo de investigación en contraste con su conocimiento cercano y palpable (en el sentido más literal y cercano de la palabra) de los personajes que acostumbra a perfilar. El arranque es muy potente y ese punch no te suelta pese a que los primeros capítulos son farragosos, ya que prima la descripción sobre la acción. La lectura no sigue una literalidad novelística y esto se debe simplemente a que no fue pensado para ser una novela ni despojado después de su marcado carácter periodístico.

En la narración, Walsh parece casi obsesionado con darle voz a la gente, darles un espacio para que cuenten su historia. Su Argentina era una Argentina que iba de una dictadura a otra, una Argentina censurada y con miedo a vivir en las listas de desaparecidos, de ahí su obsesión por poder ser escuchado. Obsesión que le llevó a repartir su voz por los buzones de la ciudad “… sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”. ‘Fin de la carta abierta a la Junta Militar’, último texto que escribió y que estaba entregando en el momento de su asesinato.

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