Cosas que me han hecho feliz esta semana V

No recuerdo qué escritor dijo que había venido a la vida a buscar el lado fresquito de la almohada. Yo me he dado cuenta de que acudo a la almohada para buscar el lado fresquito de la vida. Los lugares en los que estoy cómodo, las historias que me atraen, los big talks a la brisa de la madrugada en un patio; las relaciones inconexas, intangibles, que viven siempre en el estado pluscuamperfecto de lo que pudieron ser.

Uno de los integrantes de mi casa, cuyo nombre prefiero preservar para mantener íntegra su reputación, incurrió en un despiste culinario tan grave como llenar de bicarbonato el tarro de la sal. En un primer momento nos extrañó la extrema finura del mineral y que por mucho que añadieses siempre quedaba soso. La catástrofe llegó con la primera tortilla de patatas. En cuanto la masa inerte entraba en contacto con el calor se ennegrecía, dejando una imagen malísima y un sabor aún peor. He de decir que mi madre siempre se ha jactado de su buena mano a la hora de hacer tortillas de patatas y ninguno de sus comensales lo ha puesto nunca en duda. En esa primera tortilla le echamos la culpa a las patatas, “serán viejas”, concluimos.

Con la segunda tortilla nos asomamos al precipicio, directa a la basura, igual que la siguiente. Mi santa madre estaba a punto de entrar en depresión, ni una tortilla buena durante todo el confinamiento. Cambió todo: huevos, patatas, aceite y hasta la sartén. El resultado seguía siendo el mismo. El jueves, ya cansada, decidió hacerla sin sal y ¡voilà! De nuevo una tortilla redonda, dorada, algo sosa, pero riquísima. Después de bañar el dedo en el tarro de la sal como niños en la nocilla y probarlo evidenciamos que no era sal, sino bicarbonato lo que había en ese recipiente. No es la primera vez que (re)encuentro la felicidad en una tortilla de patatas. Durante los diez meses que viví en Burdeos cada cita con la tortilla y las croquetas sabía a affaire con dos amantes prohibidas. Bien es cierto que a veces la hacía para los compañeros de piso, pero nunca fue lo mismo.

Después de dos meses, han anunciado que toda la provincia pasa a la Fase 1, el sentimiento se me asemeja a la analogía con las bases del diamante de béisbol que repiten hasta la saciedad en las películas juveniles americanas. Parece que vamos a poder besar con un fervor moderado a este mal amante llamado confinamiento. Todo apunta a que sus labios sabrán a lúpulo y terraza. Abro el centro de control de mi iPhone y Siri me sugiere que le mande un mensaje al crush. Creo que tiene más ganas de contacto que yo y se ha enterado de que entramos en Fase 1. De momento, Siri, hay que mantener la distancia física. Quizá puedes conectar por Bluetooth, el NFC el gobierno lo ha restringido hasta Fase 3. No la culpo, más de uno quiere hacer un home run con palos de golf.

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