Cosas que me han hecho feliz esta semana VI

Desde que los guantes de látex se han convertido en accesorio indispensable en las incursiones al exterior, mis manos parecen impregnadas de un aroma a globos difícil de disuadir. Es algo así como un puntapié de recuerdos infantiles, un rewind directo a cumpleaños con payasos y perritos, sombreros o espadas de una flexibilidad y una fragilidad ignominiosas. Con los guantes puestos fui a pelar a mi abuelo. Adecenté el patio y le puse con cuidado una toalla para no mancharle la ropa. Iba cuidando con delicadeza que las cuchlillas no le tirasen del pelo. Los mechones blancos caían al suelo con menos prisa de lo habitual, no se apreciaba en ellos ningún tipo de querencia por caer y así lo hacían ver. Una vez en el suelo ni siquiera se apelotonaban todos juntos, caían en distintas baldosas, como si no quisieran reencontrarse con sus vecinos de unos minutos antes.

Las terrazas ya están en fase 1 y los niños corretean por las plazas como si nada de esto hubiera pasado. A lo mejor alguno de ellos es capaz de escribir sobre esto con la lejanía del que lo ha vivido sin sentirlo demasiado, sin llegar a comprender lo que pasa. Sin la prisa por vender libros de los escritores de postín. A mí se me han embotado las letras con esto de poder salir a la calle y volver a ponerme camisas. No tengo demasiado aprecio a las camisetas ni a los pantalones deportivos, menos aún fuera del gimnasio.

Las jarras estaban heladas, rompían con las conversaciones calientes, acogedoras, palabras cercanas que suplen a la mal llamada distancia social. Las miradas siguen siendo cómplices dos meses después y, posiblemente, ahí esté parte del frasquito de la amistad. También volvieron los paseos de madrugada con banda sonora vía Bluetooth. A veces me incomoda pensar que puedo cruzarme con una muchacha por una de esas calles mal iluminadas que unen el resto de la ciudad con la urbanización en la que vivo. Intento no pensar en ello, sería egoísta por mi parte, si se diese el caso no sería yo el que más sufriría. ¿Es quizá la incertidumbre el polo contrario a la alegría? Pasando por el campo de golf huele a jazmín, en los auriculares suena Brel.

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