Epidermis

Siempre me gustó hablar con las manos. Aunque disfruto más escuchando lo que tienen que decir. Es una fijación casi obsesiva desde que entrevistando a una víctima de violencia de género me topé con sus yemas acariciando la base de su anular izquierdo, buscando obsesivamente una alianza que jamás volverá. Quizás esos dedos buscaban en los recuerdos felices, en los que aún no habían gritos ni golpes. Esa alianza desaparecida contaba todo lo que no sabía verbalizar. Me gusta buscar a exfumadores que sujetan lápices entre el índice y el corazón. Músicos tamborileando en copas, tablas o cajas. La timidez de unas manos ocultas bajo la mesa.

También hablan los pies. Repiquetean, bailan sentados, se acarician buscando aprobación, se contonean para encontrar compañía. Habla la piel cuando se eriza o palidece. Las mejillas se sonrojan, las orejas crecen, las piernas tiemblan. Me gusta cuando habla lo que suele callar. Ojos que se apartan o que no te sueltan; frentes en tensión, arrugas marcadas de reír a carcajada (limpia o sucia aquí no importa). Me gustan los pechos que se agitan sin importar el compás y los labios que se humedecen.

En “La Juventud” una masajista de pocas palabras le dice a Michael Caine que le va a dar un masaje distinto, lo nota sensible. Él responde si ella es capaz de entenderlo todo con sus manos, a lo que ella responde que no entiende porque la gente tiene tanto miedo a tocar si todo está en la piel. “Será porque lo relacionan con el placer”, rebate Caine; “un motivo más para tocarnos en vez de hablar”, cierra la masajista. No sé si hay ciertas profesiones que desarrollan sensibilidades especiales o sensibilidades especiales que acaban llevándote a ciertas profesiones. Siempre me gustó pensar que se puede ser un buen taxista sin conocer el callejero, pero es condición indispensable saber qué pasajero necesita conversación y cuál silencio.

Hay noches que le pregunto a la almohada porqué relacionamos los sentimientos con una máquina que bombea sangre. Cómo es que siempre confiamos en una locomotora de vapor escondida tras una cajita torácica, que sólo se escucha si te acercas mucho, como una vieja cajita de música. Si te acercas a la piel; a una piel que se eriza, se ruboriza y se arruga. ¿Hay algo más sentimental que comunicar?

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