Abiertos los atardeceres

La Junta de Andalucía ha vuelto a abrirme los atardeceres desde miradores granadinos, playas gaditanas y cerros onubenses. Pareciera una campaña de impulso a la melancolía del ocaso, más si añadimos la prohibición de beber y consumir alcohol en locales de seis a ocho. Fantaseo con que desde los entes públicos promueven los atardeceres más que intentar cortar una hemorragia que no termina de cerrar. Para funcionarios, políticos y técnicos el plan sería: almuerzo con café y copa, puesta de sol sin aderezos y una cena con horario portugués y contención de barricada.

La movilidad provincial e interprovincial supone un empujón a los que esperaban broncearse en los blancos reflejos de la nieve espesa y casi virgen. Y los lugareños llevaban nueve meses esperando que la naturaleza generase rendimientos en forma de cash flow. El ocio alimenta más bocas de las que nos gustaría, porque nunca se llevó bien con la contención; prefirió el jolgorio para sus affaires.

Yo, que sigo sin hacerme más fotos que las meramente documentales por aquello de que esto lo pase otro, me topé con la nostalgia en mi galería en forma de timelapse aeroportuario. En el vídeo se ve una gran cristalera tras la que despega un avión y ante la que pasan multitudes a velocidad ultra rápida. El único sosiego lo pone la impasibilidad de la cámara y lo edificante que recuerdo las esperas junto a la puerta de embarque. Siempre pensé que los aeropuertos fomentan más la lectura que las bibliotecas, pero es una teoría infundada. Me gusta sentarme y ver cómo la gente hace cola, nerviosa. Cómo empiezan a buscar sitios donde descansar con la mirada, valorando si pesa más el cansancio o la agonía por entrar antes que el del asiento 27C. Echo de menos observarlos con tranquilidad por encima de las páginas de un libro. Sería una suerte visitar Florencia, Roma o Venecia sin preocuparse por empujones de fotógrafos en automático y horarios imposibles para evitar colas. Ahora que los precios están por los suelos y el tiempo libre al alza, nos separa una tasa que han querido llamar PCR. Y pienso en los carteristas en paro buscando empleo en los anuncios clasificados de algún diario gratuito. Habrá que seguir soñando.

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