Dos gardenias

Yo he querido ser pocas cosas en la vida. Hasta donde me alcanza la memoria quiero ser periodista, a excepción de un pequeño período de tiempo que decía que quería ser Presidente del Gobierno (ni alcalde ni diputado ni nada de eso, directo al último escalón). No tengo muy claro porqué ni cómo desarrollé esa apetencia profesional, tampoco lo sabía cuando me preguntaban en el colegio. Yo quería serlo y con eso me valía. En casa tampoco me exigieron nunca un porqué. Mi abuelo leía Sur a diario y los fines de semana venía con el suplemento dominical que me gustaba ojear. No recuerdo bien qué día, con diez u once años le dije a mi abuelo que yo quería leer el Marca y que iba a ser periodista deportivo. No recuerdo ninguna objeción, sólo una confianza ciega. Al día siguiente, junto al Sur estaba el Marca que yo empezaba y terminaba casi sin levantar la cabeza después de comer. Día tras día, lloviese o tuviese vacaciones, con sólo dos días de descanso al año, los que no editaban el periódico.
Ya en la adolescencia, de vez en cuando me decía: ¿y lo de periodista qué? A lo que yo respondía: voy a ser periodista deportivo, abuelo. “Periodista, pero de cosas serias, Jorge”, me decía. “No, no, periodista deportivo”. Ahí acababa la conversación y al día siguiente el Marca estaba sobre la mesa del té. Si yo quería contar deportes, su apoyo era total e inquebrantable.
Un día le dije que dejase de comprarlo, cada vez le dedicaba más tiempo al Sur y el dominical que al Marca. “Me gusta más la política, abuelo”, no hubo un reproche ni un gesto que me dijese que él tenía razón, nada. Sólo confianza ciega.
Cuando le dije que me iba de Erasmus a Francia tampoco puso ningún pero, a él le gustaba que estuviese cerca, pero si yo creía que era lo mejor de su parte sólo recibía apoyo. Seis meses antes me preguntaba todas las semanas: ¿y a Francia cuándo te vas? No sé si esperando que el tiempo pasase más lento o que algún día le dijese: al final no voy, abuelo, me quedo en Málaga. Una vez allí, en las videollamadas sólo preguntaba si estaba comiendo bien y cómo estaba. Porque él, niño de posguerra y que había tenido que trabajar desde los seis años en la tienda de juguetes de su tío, sabía lo que era el pan. Cuando viajaba no le mandaba fotos con los monumentos, sino platos en restaurantes. A él le hacía feliz saber que estaba comiendo. “Ten cuidadito”, se despedía. Siempre me decía lo mismo al salir, “ten cuidadito”.
De él aprendí a trabajar duro y sin quejarse y la importancia de tener un nombre y que tus amigos puedan decirlo con la boca grande. Y digo aprendí y no me enseñó porque nunca le hizo falta dar lecciones. Cuando la vida venía mal dada, con descosidos, él se acercaba y decía: “No te preocupes, Jorge, yo estoy aquí y va a estar todo bien”. No hacía falta más consuelo. Le gustaban Machín y sus dos gardenias y algún cumpleaños lo celebramos al compás. Se le iluminaba la cara con todos sus nietos, pero sólo le dejó soplar las velas a Manuel, el más pequeño. Cumplía años el día de Navidad y el regalo que más disfrutaba era ver a sus cinco hijos y sus nueve nietos en la misma mesa que presidía. Para nosotros, claro, no había mejor regalo que verlo a él presidirla. La última Navidad que pudimos celebrar con todas las letras yo me vestí de regalo. Traje rojo con estampado navideño. Él me preguntó si es que me habían hecho ponermelo en el trabajo, no creía que yo, tan serio siempre, fuese así. Preguntó un par de veces, para confirmarlo, pero una vez más, ni una muestra de rechazo, si a mí me parecía bien, todo estaba bien. Y así salió la foto, la tarta, sus nietos, él y yo a su lado vestido de regalo.
Pudo leerme en un periódico y escucharme en alguna radio. Y él era feliz porque me veía feliz. Los últimos meses me dio el cargo honorífico de ser su peluquero y su barbero. Me lo habría concedido aunque hubiese tenido que afeitarlo a navaja. La confianza, ya les digo, era ciega.
Ten cuidadito, abuelo. Yo lo tendré aquí.

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