Cosas que me han hecho feliz esta semana IX

Hay semanas valle en esto de la felicidad. Semanas sin picos especialmente altos, sin ningún Tourmalet que escalar. Pero que tampoco te hacen bajar a ningún averno. A veces con eso es suficiente. Hay semanas que la felicidad está callada, como ausente, algo displicente y siempre distante. Semanas que te mira de espaldas y por encima del hombro, haciéndote un pelín de caso por cumplir la cuota y poco más. Hay semanas que sirven para mirar atrás y hacer balance, para aprender a apreciar.

Son semanas que también están bien, no crean que estoy quejándome, queridos lectores. Son necesarias para salir un poco de la noria y darle un poco de estabilidad. Son semanas que suelen brillar por un libro, una mirada fugaz como las estrellas o una brisa fresca tras días de terral. Semanas en las que no contar los caracteres, porque te salen a deber. Semanas que también acaban. Quizá por eso llego tarde a este encuentro semanal, si bien nunca es tarde si la dicha es buena.

Esta semana me ha salvado un halago laboral desde arriba, de esos que siempre te dan un respiro en momentos de tensión. Que de vez en cuando te aúpan y te abrazan aunque no lo pidas o no supieras que lo necesitabas. También alcancé una de las cotas con las que Alcántara relacionaba el triunfo: despertarse nueve horas después de haberse acostado sin que medie el despertador. Díganle a otro aquello de a quién madruga dios le ayuda, yo prefiero que me conceda el beneplácito de la noche, que se está más fresquito. También me reencontré con una vieja serie y volví a confirmar que los recuerdos siempre son mejores que la realidad.

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